Hace muchos años, Dios envió al arcángel Gabriel para anunciar a María que iba a ser la madre del hijo de Dios, que se iba a llamar Jesús. Para darle el mejor hogar al pequeño y porque se querían mucho, José y María decidieron casarse y viajar hasta la ciudad de Belén. ¡Qué felices eran! ¡Iban a recibir al Niño Dios!
Sobre un burro, pues estaba cada vez más cansada por el embarazo, María viajó junto a su esposo José hasta Belén. Sin embargo, tan largo fue el camino que llegaron muy tarde a la ciudad y todas las posadas estaban ocupadas.
Para resguardarse del frío, decidieron entrar en un establo donde dormían los animales. Allí, entre una mula y un buey, fue donde nació el pequeño Jesús,
para la alegría de todos. Sobre el pesebre del que comían los animales,
María le hizo una pequeña cuna con paja para que estuviera cómodo y
calentito.
¡Qué alegría! ¡El Niño Dios ha nacido! Sobre el establo, apareció una estrella enorme y la más brillante de todo el firmamento. ¡Se podía ver a kilómetros de distancia! Tan luminosa era, que los pastores y lavanderas que había por la zona se acercaron al punto que señalaba. Y allí encontraron al Niño Jesús, al que le regalaron queso, mantas, frutas... Y amenizaron el encuentro con panderetas, zambombas y villancicos.
Pero los vecinos de la zona no fueron los únicos que vieron la estrella de la Navidad. Tres hombres muy sabios, los Reyes Magos, de distintos países del mundo la vieron y decidieron ir a conocer también al Rey de Reyes. Ellos eran Melchor, Gaspar y Baltasar y también llevaron tres regalos al Niño Jesús: oro, incienso y mirra.
Desde ese momento, cada 25 de diciembre, festejamos la Navidad para celebrar el Nacimiento del Niño Jesús.
¡Feliz Navidad!

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